Del abajamiento de la muerte al alzamiento de la Ascensión

El miércoles 25 de mayo comenzaron las celebraciones que acompañaron la solemnidad de la Ascensión del Señor en Jerusalén. El ingreso solemne en el santuario de la Ascensión, en el Monte de los Olivos, inauguró las ceremonias de la vigilia: primeras vísperas, completas y procesión de los religiosos franciscanos alrededor del edículo de la época cruzada. Durante la noche se sucedieron en el mismo sitio las oraciones del Oficio, mientras que la mañana del 26 de mayo se celebró la misa solemne, presidida por el vicario custodial, fray Dobromir Jasztal, ofm.

La Ascensión representa el último acto terrenal de Jesús, según la narración del evangelista Lucas – autor del Evangelio homónimo y de los Hechos de los Apóstoles –, que describe la subida definitiva al cielo de Cristo, de donde regresará solo al final de los tiempos, durante la llamada Parusía o segunda venida.  La Carta a los hebreos, segunda lectura de la liturgia de la Palabra, recuerda que la ascensión al cielo es, de hecho, el acto sacerdotal con el que Jesús “entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros" (Heb 9,24).

El jueves 26 de mayo por la mañana, la misa solemne se abrió con un canto que recuerda el episodio de la Ascensión descrito en los Hechos de los Apóstoles” Hombres de Galilea, ¿por qué volvéis vuestra mirada al cielo? Como lo habéis visto subir al cielo, así regresará el Señor, aleluya”.

En su homilía, fray Dobromir explicó cómo la liturgia de la Palabra del día ayuda a comprender a qué realidades vinculan los autores del Nuevo Testamento la Ascensión de Jesús al cielo. En primer lugar, la promesa del Espíritu Santo: «yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre» (Lc 24,49), «vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días» (Hch 1,5). “A partir de la Ascensión del Señor los discípulos deben esperar, por tanto, el don del Espíritu, don esencial para su vida y su misión, pues la promesa del Espíritu está ligada con el mandato misionero y la eficacia del testimonio de los discípulos”.

Insistiendo en el papel metahistórico de este mandato, el predicador afirmó: “A los discípulos de entonces y a cada discípulo de hoy se les ha encomendado la tarea de comunicar a los hermanos la salvación que Jesús realiza con su muerte y resurrección”.

Observando el pasaje evangélico – prosiguió el vicario custodial – se ve que el Señor se marcha bendiciendo, como hicieron Abrahán, Isaac, Jacob y todos los patriarcas, entregando a sus hijos la misión recibida. “El buen Padre no es aquel que asegura a sus hijos una vida tranquila y trata de resolver todos sus problemas. El padre educa a sus hijos para que sean capaces de vivir su vida y cumplir su misión. También Jesús, bendiciendo, encarga a los discípulos y a cada uno de nosotros la misión recibida y cumplida, pero que todavía debe ser comunicada al mundo entero”.

Ante la asamblea, que finalmente contó con un gran número de peregrinos – signo alentador de su vuelta a Tierra Santa – el padre Dobromir exhortó a los fieles a ponerse delante del misterio de la Ascensión de Jesús al cielo, tal como hicieron los primeros discípulos: “pongámonos en adoración y, sobre todo, abramos nuestros corazones al don del Espíritu para que Él pueda actuar en nosotros y a través de nosotros, como lo hizo en Jesús y en sus discípulos. Volvamos a nuestras ocupaciones cotidianas animados por una profunda alegría y dejemos que Dios obre en nuestra vida, fieles a la misión recibida”.

El sitio donde se llevaron a cabo las celebraciones es un lugar de culto y peregrinación desde los primeros siglos de la era cristiana. De hecho, poco después de la muerte y resurrección de Jesús, las primeras comunidades cristianas empezaron a reunirse en secreto en una pequeña gruta en el Monte de los Olivos, precisamente para conmemorar la ascensión del Señor al cielo.  Esta condición de clandestinidad no terminó hasta el año 313, cuando el edicto de Milán sobre la libertad de culto promulgado por el emperador Constantino concedió plena libertad religiosa a los cristianos.

En la segunda mitad del siglo IV, la noble romana Poimenia construyó la primera iglesia del lugar sobre la cumbre meridional del Monte de los Olivos. Desde 1198, cuando fue comprado por los emisarios de Saladino, el lugar sigue siendo propiedad del waqf islámico de Jerusalén y el edificio, construido anteriormente por los Cruzados, fue convertido en mezquita, que sin embargo no se utiliza para el culto. En el interior de la pequeña iglesia – llamada también “edículo” por sus reducidas dimensiones –, se conserva una roca sobre la que tradicionalmente se reconoce la huella del pie derecho de Jesús.

 

Filippo De Grazia