Domingo de Ramos celebrado en Jerusalén

Los actos que marcan el Domingo de Ramos en Jerusalén y que reunen a miles de fieles para festejar el inicio de la Semana Santa, tuvieron lugar el domingo 10 de abril en un ambiente de renacimiento y esperanza.

La jornada comenzó en la basílica del Santo Sepulcro donde la misa solemne presidida por el Patriarca latino, monseñor Pierbattista Pizzaballa, dio inicio a las celebraciones que concluyeron por la noche, en el patio de la basílica de Santa Ana, al final de la tradicional procesión al Monte de los Olivos.

Durante este día de fiesta la Iglesia de Jerusalén conmemora la entrada del Señor en la ciudad santa, hecho narrado por los cuatro evangelistas canónicos. Según el relato de los evangelistas, Jesús entró en Jerusalén montado en un burro, acompañado por una multitud jubilosa que agitaba ramas de palma y lo aclamaba gritando “¡Hosanna!”.

“Hoy entramos en la Semana Santa” – dijo el Patriarca a los fieles reunidos por la noche en Santa Ana, – “y dentro de unos días celebraremos en la liturgia,el memorial de la muerte y resurrección de Jesús, celebraremos los acontecimientos de la redención y la salvación que tuvieron lugar históricamente justo aquí en Jerusalén y que desde aquí llegaron al mundo entero”.

Misa en el Santo Sepulcro

La ceremonia en la basílica del Santo Sepulcro se caracteriza por la misa solemne que se celebra ante la tumba de Cristo, la bendición de las palmas y los ramos de olivo y la procesión que da tres vueltas alrededor del edículo de la Anástasis. El número tres, por supuesto, no es casual sino que pretende simbolizar los tres días que separaron la muerte de la resurrección del Señor. Durante la misa se leyó el Evangelio de la Pasión según Lucas.

Procesión de Betfagé a Jerusalén

Un evento muy atractivo por la fuerza evocadora que despierta en los fieles es la procesión que se lleva a cabo la tarde del Domingo de Ramos, que recorre el camino que hizo Jesús para entrar en la Ciudad Santa. Partiendo del santuario de Betfagé, en la cima del Monte de los Olivos, la procesión, encabezada por el Patriarca, se dirige a la puerta de San Esteban para terminar en el patio de la iglesia de Santa Ana. Cada año la procesión reúne a miles de peregrinos de fiesta, unidos en el espíritu de alegría que en este mismo lugar animó a las multitudes a aclamar a Jesús. Precisamente en el santuario de Betfagé, frente al cortejo a punto de salir, se proclamó el pasaje del Evangelio que narra la entrada del Señor en Jerusalén: “Y, cuando se acercaba ya a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo: «¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas»” (Lc 19, 37-38).

Este año, la participación de peregrinos fue menos numerosa que en tiempos anteriores a la pandemia pero, sin duda, más viva si se compara con la de los últimos dos años. En 2021, de hecho, a la procesión solo asistieron cristianos locales; por el contrario, este año hubo fieles procedentes de varias del mundo, lo que demuestra que, aunque tímidamente, la Tierra Santa está empezando a recibir turistas de nuevo.  Se estima que participó un número cercano a las cinco mil personas; entre ellas muchos religiosos y muchísimos fieles locales. Sin embargo, se observa con prudente entusiasmo la presencia de grupos de peregrinos que proceden de muchas partes del mundo, dato que hace prever un retorno graduala la normalidad del turismo religioso. 

Llegada a Santa Ana

Al entrar en Jerusalén, la multitud se dirigió a Santa Ana, en cuyo patio el Patriarca de los latinos, monseñor Pizzaballa, pronunció un discurso cargado de tensión y esperanza, invocando la paz para la ciudad, invitando a sus habitantes a la fraternidad y lanzando un llamamiento a la unión, contra cualquier forma de sabotaje que quisiera hacer a la Ciudad Santa víctima de las “lógicas de poder y exclusivismo” que la afligen desde siempre: “Nosotros, los ciudadanos cristianos de Tierra Santa, no podemos separar nuestra experiencia de salvación de la Ciudad Santa de Jerusalén. Con esta hermosa procesión, con jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, religiosos y laicos, con todas las distintas comunidades eclesiales, hoy confirmamos una vez más nuestro amor a esta ciudad y nuestro deseo de paz y unidad para ella, nuestro deseo de fraternidad sincera para todos sus habitantes, sin distinciones”.

 

Filippo De Grazia