Fiesta de la República italiana: la Custodia rinde homenaje a Italia en su fiesta nacional

“Al celebrar hoy la eucaristía por Italia, debemos preguntarnos qué sentido tiene esta celebración religiosa en el contexto de un acontecimiento civil”.

Con estas palabras abrió su homilía el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, durante la santa misa celebrada el sábado 4 de junio en la iglesia de San Salvador de Jerusalén, con motivo de la fiesta de la República italiana, que tiene lugar el 2 de junio de cada año.  De hecho, según la tradición, con motivo de su fiesta nacional, la Custodia de Tierra Santa rinde homenaje con una santa misa al Estado italiano, con el que comparte un vínculo de amistad duradero y profundo. Un tributo que la Custodia también reserva a otros tres países de tradición católica, Francia, España y Bélgica, por su gran compromiso pasado y presente con la promoción y la protección de las comunidades cristianas en Tierra Santa.

Se hallaban presentes el cónsul general, Giuseppe Fedele y su esposa; la cónsul adjunta, Alice Amoriello y los miembros del cuerpo diplomático civil y militar del consulado general de Italia en Jerusalén.

El vínculo de la Custodia de Tierra Santa con Italia se remonta a mucho antes del nacimiento de la República, que tuvo lugar en 1946, y es incluso anterior al del propio Estado italiano, que no se formó hasta 1861. De hecho, varios reinos de la península, antes de su unión en un único estado, dieron ejemplo de una atención particular hacia la Custodia.  Especialmente el Reino de Nápoles tuvo un papel fundamental para los franciscanos de Tierra Santa: los reyes de Nápoles compraron en 1333 el lugar en el Monte Sion que la tradición reconoce como el Cenáculo (primera sede de la Custodia) y pagaron los tributos de entrada al Santo Sepulcro para que los frailes franciscanos pudieran celebrar allí las liturgias sagradas. Los reyes de Nápoles, Roberto de Anjou y Sancha de Mallorca se consideraban los soberanos de Jerusalén en virtud de su descendencia que se remonta a Federico II, casado con Yolanda de Brienne, heredera del Reino de Jerusalén.

Desde los tiempos de la Iglesia apostólica – dijo el padre Custodio, explicando el significado de la celebración religiosa en el contexto de un acto civil –, San Pablo recomienda a todos los cristianos que “hagan peticiones, súplicas, oraciones y acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en el poder, para que sepan llevar una vida pacífica y tranquila, digna y dedicada a Dios”, citando la primera carta a Timoteo. Una oración que – como ha expresado en época más reciente el papa Francisco –, “hay que hacerla sobre todo «para no dejar solos» a aquellos que tienen menos «conciencia» de que su poder no es absoluto, sino que viene del pueblo y de Dios”.

La oración por el bien de la patria, como por los gobernantes y por los que están en el poder es siempre una oración por el bien común y por la paz, para que todos puedan vivir con dignidad y puedan expresar su libertad de conciencia a través del libre ejercicio de la propia fe”.

Para tratar de entender cómo realizar bien el servicio al que todo ciudadano está llamado, el Custodio apeló a la Palabra recién escuchada, extrayendo una enseñanza de gran valor civil de la lectura del fragmento de los Hechos de los Apóstoles, que recuerda el encarcelamiento romano del apóstol Pablo (Hch 28, 16-20.30-31). Este último fue arrestado en Jerusalén en el 58 d.C. para después ser trasladado a Cesárea, donde estuvo preso durante dos años.  Desde allí – tras haber recurrido a César, como ciudadano romano – fue trasladado a Roma, donde cumplió otros dos años de prisión, esta vez en arresto domiciliario bajo custodia militar y a sus propias expensas.

“Es particularmente interesante notar que el apóstol Pablo, básicamente, se fía de las instituciones romanas. No esquiva ni el arresto ni la cárcel y espera con confianza ser juzgado y obtener justicia de un tribunal humano legal. Esta confianza en las instituciones por parte del ciudadano Pablo debería existir también en cada uno de nosotros.

Sin embargo, esta confianza también debería estar garantizada y ser merecida por las instituciones a las que acude el ciudadano.

La santa misa concluyó con las notas del himno de Italia, interpretado con el órgano de la iglesia. Siguió una recepción en las instalaciones del convento de San Salvador, donde los fieles se reunieron en torno a un refresco ofrecido cordialmente por la Custodia.

 

Filippo De Grazia