Inventio Crucis: descubrir la cruz para descubrir la vida plena

El 7 de mayo de cada año, se celebra en la basílica del Santo Sepulcro la solemnidad del Descubrimiento de la Cruz de Cristo, en las cercanías del Gólgota. San Cirilo de Jerusalén recuerda que, precisamente el séptimo día del mes de mayo de 351, apareció en el cielo una gran cruz luminosa que se extendía por encima del Gólgota hasta el Monte de los Olivos. El mismo San Cirilo menciona también el episodio del descubrimiento de la Cruz de Jesús, ocurrido en torno al año 327 por Santa Elena, madre del emperador Constantino.

Son tres las grandes liturgias que conmemoran esta solemnidad, los días 6 y 7 de mayo: el ingreso solemne del padre Custodio en el Santo Sepulcro, seguido de la procesión en la basílica y las vísperas en la capilla donde fue hallada la verdadera Cruz de Cristo, la tarde del 6 de mayo; la vigilia nocturna en la misma gruta, durante la cual se lee el pasaje extraído de la historia de la Iglesia de San Rufino, que narra el episodio del descubrimiento de la Cruz por Santa Elena; la misa solemne en la mañana del 7 de mayo, al final de la cual se lleva en procesión la reliquia de la Santa Cruz al interior de la basílica hasta la rotonda de la Anástasis, donde se dan tres vueltas alrededor del sepulcro vacío.

El Custodio, fray Francesco Patton, recientemente confirmado en su cargo, presidió las distintas liturgias. Durante la homilía, invitando a los fieles presentes a alzar su mirada al crucifijo, sugirió una nueva forma de descubrir la cruz: “Descubrir la cruz significa descubrir el punto de inflexión desde el miedo a no valer nada a la conciencia de tener una dignidad infinita; del miedo a que todo termine con la muerte a la conciencia de que estamos llamados a participar en la misma vida de Dios; del miedo a ser abrumado por el mal a la fe en ser perdonado, es decir, en ser amado tal como soy; del miedo a que la vida sea un desierto en el que morir a la conciencia de que la vida es un peregrinaje hacia la verdadera libertad, la vida plena, la felicidad eterna.”.

San Rufino narra que Santa Elena, “advertida por visiones divinas”, fue a Jerusalén buscando el lugar donde Jesús fue crucificado. La reina llegó a identificar el Gólgota gracias a la presencia de una estatua de Venus que hizo colocar el emperador Adriano después de la destrucción definitiva de Jerusalén con la intención de desalentar el culto de los primeros cristianos y hacer olvidar el sitio exacto donde sucedieron los hechos de la Pascua del Señor.  Santa Elena encargó limpiar el lugar y, tras haber retirado los restos a fondo, se encontraron tres cruces sin orden concreto. Ante la incertidumbre sobre cuál de ellas podría ser el madero original de nuestra salvación, el obispo de Jerusalén Macario tuvo la intuición de llevar las cruces a la casa de una mujer gravemente enferma y comprobar cuál de las tres tenía poder milagroso. Tras aplicar las dos primeras al cuerpo de la mujer moribunda no se produjo ningún efecto pero, cuando le acercaron la tercera, la mujer abrió de pronto los ojos y “mucho más animada de lo que había estado antes cuando estaba sana, comenzó a rondar por toda la casa y a alabar el poder de Dios”.

La Cruz de Cristo siempre es fuente de salvación para cualquiera que dirija su mirada al crucifijo y se deje alcanzar por el amor que brota del amor de Cristo.  Al final de su homilía, fray Francesco Patton pidió a todos elevar al Señor crucificado y resucitado una ferviente súplica para lograr el don de la paz: “En este momento y en esta celebración, pidamos al Señor que Rusia y Ucrania sepan buscar y encontrar de nuevo juntas la cruz del Señor, alzar la mirada hacia el Señor crucificado, para encontrar el camino de la reconciliación, el camino de la vida. Pidamos al Señor que todos los países todavía marcados por la violencia y la guerra sepan buscar, encontrar y acoger este único y sencillo instrumento de paz y reconciliación”.

 

Filippo De Grazia