Monte Tabor: la cumbre del Amor de Dios

El viernes 6 de agosto, día de la solemnidad de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo, como cada año, los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa se reunieron en el lugar que conmemora este acontecimiento: el Monte Tabor.

El santuario se ha abierto de nuevo a los fieles tras la pandemia y algunas obras de restauración de la estructura. Fray Dobromir Jasztal, vicario de la Custodia de Tierra Santa, presidió la celebración eucarística en árabe en el santuario que está situado a 450 metros por encima de la llanura subyacente.

Siguiendo la tradición, la homilía fue pronunciada por el párroco de Nazaret, fray Marwan Di’ides, ciudad de la que procede la mayoría de los fieles locales presentes. “Como nos narran los Evangelios, Jesús está sobre una montaña cada vez que sucede algo extremadamente importante” dijo el párroco. “La Anunciación es en Nazaret, un montículo; Belén tambiénestá construida sobre una altura; el Calvario se considera una montaña e incluso el discurso de las Bienaventuranzas fue pronunciado en una colina sobre el lago.  El motivo es simple: Él quiere que miremos hacia arriba y olvidemos el pecado, que nos empuja hacia abajo”.

El segundo punto de su homilía trató más de cerca los sentimientos de Pedro y de los demás discípulos. “Cuando escuchan la voz del Señor, Pedro y los otros se arrodillan pero, al mismo tiempo, tienen mucho miedo. ¿Es posible que incluso ahora, en la Gloria eterna, tengan el mismo sentimiento? Seguro que no. Ahora viven plenamente el sentimiento del amor ya que han conocido a Dios y saben que les ama, y no solo eso: han sabido mirar hacia arriba, como Él nos dice, han buscado y descubierto el proyecto de amor de Dios para ellos. Hoy pensamos en ellos así: de rodillas, delante del Señor, pero sin miedo, solo con un gran sentimiento de amor”.

“Hoy, en esta precisa ocasión”, concluyó fray Marwan, “la montaña también nos invita a hacer esto: mirar hacia arriba, como hicieron ellos; abandonar el pecado, buscar el proyecto de Dios y no sentir nunca miedo de Él, sino amarlo sin medida”.

Existe la hipótesis de que esta altura ya estaba habitada en época cananea, lo que refuerza la idea de que en el Monte Tabor se construyó un santuario dedicado al dios Baal. Su culto fue exportado a Rodas, donde existía un santuario dedicado a Zeus Atabyrios, donde “Zeus” era la principal divinidad de los cananeos y el adjetivo Atabyrios indicaba su procedencia del Tabor, cuyo nombre griego era Atabyrion.  En los distintos momentos de guerra, el monte se convertía en lugar de refugio para los habitantes de la zona. De hecho, la colina fue rodeada por una muralla ya en tiempos de la batalla de los hebreos contra los cananeos, de nuevo en tiempos de Flavio Josefo en la guerra contra los romanos, y después también en época cruzada.

Pocos testimonios relatan el pasado del monte. La primera referencia al culto cristiano en el Monte se remonta a Orígenes, a mediados del siglo III. Otro testimonio procede del peregrino de Piacenza, que nos habla de las tres basílicas que existían en 570, en paralelo con las “tres tiendas” de las que nos hablan los Evangelios.  Posterior, pero importante también, es un documento de la época de Carlomagno que narra la presencia de cuatro iglesias atendidas por 18 monjes. Después de la derrota de los cristianos en los Cuernos de Hattin, el Tabor fue abandonado. Fue gracias a Federico II Hohenstaufen y su tratado de paz con el sultán Al-Kamil que los frailes volvieron al monte y permanecieron allí hasta 1263, cuando las iglesias fueron nuevamente destruidas. Más tarde, el lugar fue confiado a los franciscanos.

Al final de la celebración, los frailes se dirigieron en procesión hacia la entrada, a la Cappella Descendendibus, En este lugar, según la tradición, Jesús dice a los discípulos que no cuenten a nadie lo que habían visto hasta que “el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos” (Mc 9, 9-12). Allí se entregaron a los frailes algunas ramas de la encina situada en el santuario del Tabor, símbolo y recuerdo del lugar y de la celebración.

 

 

Giovanni Malaspina