Pentecostés: la plena realización del misterio pascual en la vida del cristiano y de la Iglesia

La plenitud de los dones del Espíritu Santo llenó y transformó la vida de los discípulos, reunidos con María en el Cenáculo, AQUÍ en Jerusalén: de temerosos los volvió testigos intrépidos del Señor resucitado. De AQUÍ y así comenzó el anuncio del Evangelio que alcanzó la vida de innumerables hombres, pueblos y generaciones, dando salvación y plenitud de vida.

Las celebraciones que acompañaron la solemnidad de Pentecostés en Jerusalén empezaron la tarde del sábado 4 de junio, con motivo de la oración sinodal en la iglesia de San Vicente de Paul, donde se reunieron todos los movimientos católicos y las nuevas comunidades de la diócesis en un momento de convivencia, con cantos, testimonios y meditaciones. Luego, en la iglesia de San Salvador, dentro del convento de la Custodia, tuvo lugar a las 21:30 del sábado la misa de Vigilia, celebrada por el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton ofm.

El día de Pentecostés, el domingo 5 de junio, los frailes de la Custodia se dirigieron al Cenáculo para conmemorar la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos que se manifestó precisamente en este lugar, cincuenta días después de la resurrección de Jesús.

La oración del sábado en San Vicente de Paul fue fruto de una iniciativa del Patriarca de Jerusalén, S.B. Pierbattista Pizzaballa, que durante el tiempo de Pascua animó a todos los movimientos y las nuevas comunidades católicas presentes en la diócesis a compartir sus respectivos carismas con la Iglesia local, para enriquecerse mutuamente y ponerse en marcha hacia “un nuevo Pentecostés”.  La intención es – según se lee en la exhortación del Patriarca –, “volver a empezar desde el primer Pentecostés de hace dos mil años”.

El domingo, se abrieron las celebraciones en el Monte Sion con el canto de invocación al Espíritu Santo: “Ven, espíritu creador, visita nuestras mentes, llena de gracia los corazones que has creado”.

“La celebración de Pentecostés, idealmente, nos devuelve siempre al Cenáculo”, dijo el Custodio, fray Francesco Patton, en su comentario a la Palabra. “Pentecostés es la fiesta en la que el Espíritu Santo se da de manera abundante, una solemnidad que nos lleva a reflexionar especialmente sobre lo que el Espíritu Santo obra en la vida de la Iglesia y de cada cristiano”. Y comentando la carta a los romanos (Rm 8,8-17), fray Francesco insistió en los efectos del Espíritu en la existencia del cristiano según el apóstol Pablo: “Cuando estamos bajo el dominio del Espíritu, entonces y solo entonces, pertenecemos a Cristo: Cristo está vivo en nosotros, podemos esperar nuestra resurrección personal, somos capaces de contrarrestar eficazmente el instinto de egoísmo, vencemos el miedo y tomamos consciencia de que somos hijos de Dios, herederos de Dios, coherederos de Cristo”.

No faltó la consideración del padre Custodio sobre la actualidad de la acción del Espíritu y sobre su manifestación en el corazón de los hombres: “Me parece que no me equivoco si digo que en este tiempo el gemido del Espíritu nos invita, sobre todo, a que recemos por la paz. Lo necesitamos aquí, en la ciudad santa y en la Tierra Santa, donde varios sujetos están sembrando una cultura del odio que producirá más odio, otras barreras, más violencia, más muertos.

Lo necesitamos en todo Oriente Medio, golpeado por guerras que parecen no tener fin. Lo necesitan muchos países de África, América y Asia, donde continúan inmutables las guerras, guerrillas y tensiones sociales, desde hace décadas.

Lo necesita Europa, que de nuevo y casi de repente se ha convertido en escenario de una guerra librada sin ningún respeto por la población civil, por el derecho internacional y por la dignidad de la persona humana”.

Para concluir, el padre Custodio exhortó a los presentes a repetir y convertir en la banda sonora de sus vidas las palabras del versículo del Aleluya: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

 

Filippo De Grazia