Peregrinaciones cuaresmales: de Betania al Monte de los Olivos  

La cuarta peregrinación del tiempo de Cuaresma en Tierra Santa empezó en Betania, el pueblo de Marta, María y Lázaro, situado detrás del Monte de los Olivos, para continuar hasta la capilla de la Ascensión y la iglesia del Pater Noster, situadas en el mismo monte, más allá del muro de separación.

El jueves 31 de marzo, después de la santa misa presidida por fray Eleazar Wrönski a las 6:30 en la tumba de Lázaro, tuvo lugar otra celebración, a las 7:30, a la que asistieron los alumnos del seminario franciscano de Jerusalén y varios peregrinos, religiosos y religiosas. El Secretario de la Custodia, fray Marco Carrara, presidió la liturgia concelebrada por el guardián de San Salvador, fray Marcelo Ariel Cichinelli y el superior de la fraternidad de Betania, fray Michael Sarquah.

“Un dicho hebreo afirma: enseña mediante signos y haz comprender mediante imágenes” dijo don Carlo Adesso, predicador designado para las peregrinaciones cuaresmales franciscanas, en su comentario al Evangelio (Jn 11, 1-45), que narra la resurrección de Lázaro que tuvo lugar precisamente en Betania, a pocos pasos de la iglesia franciscana. “El signo es como un dedo apuntando, que indica algo mucho más grande y espléndido. Y, en efecto, la resurrección de Cristo es mucho más grande que la simple reanimación del cadaver de Lázaro. Al igual que la presencia real de Cristo en la Eucaristía es mucho más sublime que el trozo de pan donde se esconde Cristo”.

En su relato en imágenes, don Carlo citó un fragmento extraído del penúltimo libro de la serie de novelas fantásticas escritas por C.S. Lewis “Las Crónicas de Narnia”, donde el león Aslan – que representa a Cristo – hace lo que Cristo hizo en el pasaje del Evangelio: se entristece por la muerte pero luego la vence, superándola gracias a una gota de su sangre.

“Cada vez que participamos en la santa misa y nos alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, se produce una especie de «primera resurrección»”, continuó don Carlo. “Es la resurrección del perdón, de la liberación, de la redención, de la salvación del pecado y del mal. (...) Por eso, tras la elevación del cáliz, lleno del vino transformado en Sangre de Cristo, la Iglesia pone en nuestra boca las palabras que hoy, aquí en Betania, brillan llenas de luz y alegría: «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte Señor, proclamamos tu resurrección, esperando tu venida al final de los tiempos»”.

Después de la misa, la delegación franciscana se dirigió en peregrinación a la tumba de Lazaro, ante la cual se proclamó solemnemente el Evangelio que narra el momento de la resurrección de Lázaro (Jn 11, 3-45).

Hasta principios de los 2000, Betania era un pueblo cercano a Jerusalen y fácilmente accesible cruzando el Monte de los Olivos.  Actualmente, aunque sigue estando cerca de la ciudad, el muro de separación entre los territorios israelíes y palestinos impide el paso, que históricamente se realizaba este día a través del santuario de Betfagé, para llegar a los otros dos lugares que incluye esta peregrinación: la capilla de la Ascensión y la iglesia carmelita del Padrenuestro.  Se llegó a estos dos lugares cruzando uno de los puestos de control que marca el paso entre los territorios colindantes, situado a pocos kilometros de los santuarios. El primero en recibir la visita de los franciscanos fue el lugar donde se recuerda la Ascensión de Jesús al cielo, donde se leyó el pasaje de referencia (Mc 16, 15-20).

Después, en procesión, los franciscanos se dirigieron al lugar en el que se conmemora la institución del Padrenuestro, donde los franciscanos y los asistentes, tras la lectura del pasaje del Evangelio correspondiente (Mt 6, 5-13), se unieron para cantar la oración del Padrenuestro.

 

Giovanni Malaspina