Un hogar para los mayores de Lárnaca

En su labor cotidiana de acompañamiento y apoyo a las “piedras vivas” de Tierra Santa, los frailes franciscanos de la Custodia intentan no descuidar a nadie, ni siquiera a los más frágiles. Así, desde hace más de cincuenta años cuidan a los mayores de Lárnaca, en Chipre. Justo al lado de la parroquia latina de Lárnaca se encuentra la Terra Santa Rest Home, una residencia de ancianos de la que se ocupa la congregación de las franciscanas misioneras del Sagrado Corazón. La responsable, sor Germana Tomat, originaria de la provincia de Udine en Italia, conserva historias de una vida entregada a los demás: “Al principio solo aceptábamos a los no dependientes pero en este momento tenemos muchos enfermos crónicos sin posibilidad de recuperación. Estas personas representan precisamente “el descarte” del que habla el papa Francisco.  Son ancianos que ya nadie quiere o de los que la familia no puede ocuparse, siendo realistas, ya que para atenderlos hace falta especialización médica.  Por nuestra parte sabemos que por encima de todas las dificultades está Cristo que sufrió más que nadie.  Él quiere que nosotras nos dediquemos a estas personas”.

La Terra Santa Rest Home de Lárnaca se encuentra en un edificio junto a la parroquia que en los años setenta se convirtió en centro de acogida para personas mayores. Sor Germana presta servicio en la residencia desde sus inicios, gracias a la doble vocación a la que fue llamada desde niña: “A los doce años estuve hospitalizada y recuerdo la sensación que sentí cuando una mujer en la cama junto a la mía pidió agua y una enfermera entró para traérsela. Aquella escena me impactó mucho y con el tiempo tomé conciencia de esta vocación de convertirme en enfermera. Después, a los veintidos años llegó también la llamada radical a seguir a Dios, a entregarme completamente para servirle a él y a los demás”.

Así, sor Germana, como consagrada y como enfermera se encontró viviendo en la Terra Santa Rest Home incluso en tiempos de guerra: era 1974, poco antes de la ocupación turca de Chipre. “Otras tres hermanas y yo trabajábamos aquí en Lárnaca cuando nos llamó la madre provincial para decirnos que, debido a la situación política, como extranjeras podíamos dejar la residencia para refugiarnos en otro sitio. No podíamos abandonar a los ancianos, así que nos quedamos. En ese momento, era una monja enfermera muy joven y para mí fue una experiencia trágica que, sin embargo, me abrió a la gente. Recibimos a muchas personas desplazadas que huían de sus hogares”.

Lo que todavía conmueve a sor Germana es recordar la confianza de la gente que llamaba a la puerta de la casa de la Custodia de Tierra Santa buscando ayuda.  “Vinieron cientos de personas y aquí les alojamos.  Cuando nos faltaba el pan, nos llegaban cestas de pan como regalo: era la Providencia”. Como entonces, también en la actualidad, con la ayuda de Dios, la residencia consigue salir adelante, albergando hasta treinta y ocho ancianos, de los que se encargan seis monjas ayudadas por enfermeros y médicos. “Entre los huéspedes hay cristianos greco-ortodoxos, armenios, anglicanos, judíos y también hemos tenido residentes musulmanes en el pasado.  Preguntamos la religión solo para saber con qué sacerdote querrán hablar en el momento del último adiós”, afirma sor Germana. A pesar del descenso de huéspedes durante la pandemia, en la que la mayoría de las personas llegan en condiciones terminales, la residencia se mantiene en pie gracias a las cuotas de los pacientes, al trabajo de las hermanas misioneras del Sagrado Corazón y al apoyo de la Custodia de Tierra Santa.

 

Beatrice Guarrera