Viernes Santo: un silencio repleto de amor

La mañana del viernes 15 de abril, en la basílica del Santo Sepulcro, en el Calvario, en el mismo lugar de la crucifixión de Jesús, el Patriarca latino de Jerusalén, Su Beatitud monseñor Pierbattista Pizzaballa, presidió la celebración de la Pasión del Señor.

El arzobispo, los diáconos y los ministros llevan vestiduras de color rojo, propias de la misa, aunque este día, siguiendo una tradición muy antigua, en ninguna iglesia latina se celebra la santa misa: la mirada está fija en el Calvario, donde Jesús realizó su sangriento sacrificio en la Cruz, ofreciéndose al Padre por nuestra salvación.

La reliquia de la Santa Cruz, encontrada aquí durante las obras de contrucción de la basílica constatiniana, está colocada sobre el altar. Después de la escucha devota del canto de la Pasión del Señor según Juan y tras haber rezado la gran oración universal, que imita a Jesús, con los brazos abiertos sobre la Cruz en el acto de abrazar a todo el universo, se presentó la Santa Cruz para ser venerada, con un rito que se remonta al siglo IV.

Finalmente, los diáconos se dirigieron al Edículo del Santo Sepulcro para recoger el Santísimo Sacramento, que se había depositado allí el día anterior, y llevarlo en procesión hasta el Gólgota. Después de la oración del Padrenuestro, se distribuyó la Eucaristía a los numerosos fieles presentes que,a través de la comunión del Cuerpo de Cristo,fueron alimentados por el misterio de la Cruz, contemplado y adorado.

La solemne liturgia del Viernes Santo empieza y termina en silencio: es el silencio atónito ante la muerte del Maestro y Señor, es el silencio adorante y conmovido de la Iglesia-Esposa alcanzada por el don del amor del Cordero-Esposo, es el silencio de la fe, cargado de esperanza a la espera de la Resurrección.

Además de la solemne liturgia de la Pasión, la oración del Viernes Santo en Jerusalén se caracteriza también por dos prácticas piadosas muy queridas por los cristianos locales: el Via Crucis, dirigido por el Custodio de Tierra Santa, recorriendo la Vía Dolorosa por los rincones de la Ciudad Vieja, por la mañana, y el “Funeral de Jesús” dentro de la basílica, por la tarde.  En la penumbra y el silencio de la basílica, además de los textos evangélicos proclamados en varios idiomas, se escucha el sonido del martillo sobre los clavos para descolgar el cuerpo sin vida de Jesús de la cruz. Un sonido sordo y conmovedor, que habla del dramatismo del momento y, al mismo tiempo, de la plenitud del amor.

Desde lo alto del Gólgota, el cuerpo del Crucificado fue llevado devotamente hasta la piedra de la unción, donde el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, lo preparó para su sepultura utilizando el óleo y las sustancias perfumadas, bendecidas en Betania el lunes santo.

 

Mons. Vincenzo Peroni